En una sociedad orientada al bien común, la tecnología debiese apoyar al ser humano a desempeñar mejor su trabajo: dándole mayor satisfacción, más tiempo libre y facilitando ciertas funciones repetitivas o pesadas. En cambio, en un mundo gobernado por las trasnacionales cuyo fin es la acumulación de riqueza, la tecnología está siendo usada para reducir gastos en personal; precarizar el trabajo y controlar a las personas. Todo lo contrario de su verdadera finalidad.

 Nadie niega que los avances producidos por la ciencia y la tecnología, han mejorado las condiciones de vida de la Humanidad. Sin embargo,  la cuarta revolución industrial plantea importantes desafíos sobre cómo seguimos adelante.

Uno de ellos es el reemplazo de los trabajadores por máquinas. Este proceso que partió a mediados del siglo 18, con la incorporación de la máquina a vapor y el reemplazo de tareas manuales, ha venido acelerándose en los últimos años. Varios estudios internacionales proyectan  panoramas realmente preocupantes para las próximas décadas sino se abordan con antelación sus consecuencias.

Ya estamos en la cuarta fase de esta revolución. Y si bien la actual etapa de transformaciones tecnológicas y productivas comenzó hace  unos cuarenta años,  al combinarse con  robótica, big data, automatización  e inteligencia artificial,  conlleva tendencias que pueden generar impactos inimaginables en el  corto y mediano plazo.

Aumentando la productividad 

En Chile, sectores como la minería, banca, agricultura, celulosa y salmonicultura hace rato que iniciaron este salto informático. Y en los últimos tiempos se viene sumando con fuerza el retail.  Lo evidente es que igual que hace un par de siglos, el reemplazo del humano por la máquina genera preocupación.

Tal como afirma el académico de la Universidad de Chile, Giorgio Boccardo, “en varios sectores hay temor porque no se sabe bien de qué se trata; en otros, como la minería, banca y retail, ya está ocurriendo y hay pérdida de trabajos”. Argumenta, en todo caso, que a nivel sindical todavía se desconoce cuál es la dimensión de estos cambios y a quienes afectará.

boccardoGiorgio Boccardo 

Una muestra de que la preocupación se generaliza, es el resultado de la encuesta Cadem aplicada el año pasado. En esta, el 73 por ciento de los consultados declara percibir que su trabajo puede ser reemplazado. Ello, a pesar de que el 47 por ciento reconoce desconocer el concepto de transformación digital.

Lo lógico sería una relación virtuosa entre sector productivo, Estado y sindicatos, opina el sociólogo: “que la pérdida de puestos laborales fuese reemplazada por otros mejor calificados” donde se acompañe a quienes queden en paro tecnológico. Relata que en Noruega y Alemania existen experiencias de este tipo, en cambio en China -de un día para otro- se introdujeron robots en una fábrica dejando en la calle a  miles de obreros calificados.

Lamentablemente, el sentido actual de la automatización es aumentar la productividad y, con ello, la explotación. Hacer la diferencia requiere de sindicatos fuertes, gobiernos y empresas comprometidas y eficientes procesos de recalificación laboral. Pero, más bien, la situación actual se parece, a la que retrataba Karl Marx hace más de un siglo en El Capital: “La maquinaria, sin embargo, no solo opera como un competidor poderoso, irresistible, siempre dispuesto a convertir al asalariado en obrero `superfluo`, El capital proclama y maneja abierta y tendencialmente a la maquinaria como potencia hostil al obrero”.

A través de las máquinas se impulsa la descalificación del trabajo. Oficios que antes desarrollaban panaderos, carniceros u otros trabajadores, en estos momentos  se reducen a apretar un par de teclas, labor por la que -obviamente-  se paga menos y se pierde ese oficio. También están aquellas tareas que aún no han podido automatizarse, como las de call center, pero en las cuales las máquinas controlan a los humanos. En estos casos, si las telefonistas responden mal, el algoritmo que la supervisa avisa al jefe para que las reprenda.

Servicios no calificados

Giorgio Boccardo, quien también es director de la Fundación Nodo XXI, agrega que la primera oleada de informatización en el mundo partió en 2010 afectando a la industria automotriz, pero que en nuestro país no fue visible.  Su ingreso en la minería tampoco fue  evidente, porque en el sector se desempeña menos del 1 por ciento de los trabajadores chilenos.

Donde sí se está advirtiendo el avance de la informatización es en los servicios no calificados como  las funciones de cajeras o secretarias, entre otros, siendo Walmart el claro ejemplo de esta situación. Ya se sabe que la multinacional realizará masivos despidos.

Por su parte, el sociólogo  precisa  que: “existen barreras estructurales en nuestro país que harán más lento el proceso”. Cita  el analfabetismo tecnológico y la imposibilidad de que los supermercados, por seguridad, automaticen sus locales en ciertos barrios.

Añade que los informes internacionales sobre paro tecnológico deben considerar que la matriz productiva en Chile es más extractiva así como el subdesarrollo del modelo chileno. Por ello,  no todos los sectores han iniciado transformaciones tecnologizadas, porque es caro. Esto, a su juicio, podría impactar en los actuales análisis.

En estas proyecciones, se  habla que al 2030 uno de cada tres empleos actuales se perdería en nuestro país (Informe PWC, 2018). Mientras que la OCDE, pronostica que un 53 por ciento de los trabajos podría desaparecer. Por su parte, la consultora McKinsey afirma en su estudio de 2017, que en Chile se perderán 3,2 millones de empleos por la informatización hacia el 2050, pudiendo adelantarse o atrasarse en veinte años esta situación. Ello tendrá un importante correlato de ahorro para las empresas: 15 mil millones de dólares en el retail, comercio y manufacturas.

Lo que viene

Ya está fuera de discusión si la automatización afectará solo al trabajo manual. Departamentos completos están desapareciendo en las empresas siendo reemplazados por la inteligencia artificial y la robótica. Los expertos dicen que aquello que no es posible informatizar hoy, lo será en el futuro. No habrá sector que se salve de este proceso en marcha. Y los nuevos trabajos que se han creado mediante plataformas digitales son muy precarios.

Indica Giorgio que el escenario más probable para Chile, si nada se hace por modificarlo, es de mayor control de la máquina sobre el humano, descalificación del trabajo, jornadas flexibles, menos seguridad social, salarios más bajos y mayor insatisfacción.

A su juicio, los conflictos en el lugar del trabajo aumentarán y será un desafío para el  sindicalismo apropiarse de este tema y que no le pase por encima. “Hay una oportunidad, que no se reduce a decir no a la automatización o  generar buenos planes de salida. Hay una arena fértil para pensar y apropiarse de estas nuevas tecnologías”, señala. En ese sentido, expresa que el Gobierno debiese estar impulsando reformas para los próximos 10 a 15 años llamando a un debate entre empresarios, sindicatos y universidades.  “Cuando estás viendo el problema del cajero que se quedó sin empleo porque este se automatizó, solo queda adaptarse”, concluye.

La pérdida de puestos laborales  es un tema abierto  a nivel mundial. Algunos argumentan que nuevos empleos se crearán reemplazando a los antiguos;  los menos optimistas hablan de impulsar una renta básica universal o pagarle un salario a quienes se estén capacitando para desempeñarse en otras áreas. Estas ideas ya rondan algunas cabezas preocupadas por el devenir de la Humanidad.

REVISTA INFUSAM Nº 32, AGOSTO 2019