A 111 años de la matanza de Santa María de Iquique

Viernes 21 de diciembre de 2018

Hoy, el mundo del trabajo conmemora uno de sus hitos más emblemáticos, cuyo relato entrañable se ha transmitido por 111 años en pentagramas y en páginas de poesía, en discursos con megáfono y en aulas de escuela. Así es como el nombre “Santa María de Iquique”, se ha fijado en lo más profundo de nuestra identidad como trabajador@s y dirigent@s de esta tierra.

Los hechos que desencadenaron la matanza tuvieron su conjuro en diciembre de 1907, específicamente iniciaron su desencadenamiento, el día 4 de ese mes, cuando trabajadores del Ferrocarril del Norte inician una paralización, exigiendo diversas reivindicaciones tendientes a mejorar las paupérrimas condiciones de trabajo y de vida en las salitreras. Tras obtener aumentos salariales, la esperanza reivindicativa se extiende por el resto de la pampa.

Las condiciones de explotación eran inaguantables con horarios de faena extenuantes bajo el clima extremo del desierto. A esto se sumaba la devaluación de la moneda y la llegada del sistema de fichas que disminuía drásticamente el poder adquisitivo del minero y sus familias. De esta forma, el obrero quedaba en el más completo desamparo jurídico frente al arbitrio de las empresas.

El 10 de diciembre los trabajadores de la oficina San Lorenzo resolvieron detener sus faenas y la movilización pronto se extendió a la oficina Santa Lucía. En el cantón de San Antonio grupos de operarios recorrieron las oficinas el 12 y 13 de diciembre para llamar al paro e instar a descender a Iquique a reunirse con otros trabajadores.

En el amanecer del 15 de diciembre, 2 mil trabajadores bajaron desde la pampa a las cercanías de la ciudad, donde fueron interceptados por tropas de caballería después de argumentar la alarma que podrían provocar en la población. Este día es conocido como la Huelga Grande.

A las 8:00 de la mañana del día siguiente, los trabajadores se dirigieron al Hipódromo escoltados por el regimiento, para presentar su pliego de peticiones. Ni un resultado hubo, el patrón salitrero permanecía en el ostracismo. Como resultado, la paralización se extendió a otras oficinas de la provincia como Lagunas, Granja, Buenaventura y Alianza, desde  estos lugares, contingentes de trabajadores bajaron a Iquique con la misma esperanza descrita por Luis Advis en su cantata, 62 años después.

Con los hechos como estaban, llegó  la mañana del 21 de diciembre y el intendente de Tarapacá Carlos Eastman se reunió con los representantes de los empresarios salitreros para poner fin a lo que a estas alturas era un movimiento. Eastman contaba con la autorización del Presidente Pedro Montt para acceder a la mayoría de los aumentos salariales requeridos, pero para los empresarios el ceder de esta manera, representaba un peligro mayor, la pérdida del orden en la oficina salitrera, la reivindicación asumida como algo mayor y transversal. Sin duda, el germen de lo que hoy llamamos validación de un derecho, crecía en el inconsciente colectivo.

Los trabajadores decidieron mantener el movimiento hasta cumplir con todo el petitorio a cambio de renunciar a toda acción que pudiera ser calificada de violenta.

En las primeras horas de la tarde el Intendente informó al Presidente de la República que utilizaría medidas de fuerza, pues había agotado todos los otros medios para controlar a los mineros. Se movilizaron las tropas para desalojar la Escuela Santa María, donde estaban concentrados los trabajadores y sus familias. Se negaron a salir y el general Silva Renard amenazó con disparar contra quienes no se retiraran.

A las 15:45 de la tarde, el oficial ordenó la primera descarga hacia la azotea del edificio, donde se encontraba el Comité Directivo del grupo según consignó el informe posterior de Silva Renard. Así, acribillaron a cientos de hombres, mujeres y niñ@s presentes al interior de la Escuela Santa María de Iquique, que se negaron a salir, luchando por un trabajo y una vida más dignos.

Tras la matanza, el gobierno ordenó el cierre de los medios de comunicación afines al movimiento obrero salitrero, pues más peligrosa resulta ser la voz de los muertos que queda resonando en los corazones de los sobrevivientes.

De esta forma, el Estado chileno consolida su tendencia irrefrenable a aplastar los movimientos obreros con sangre a través de nuestra historia, sobre todo a comienzo del siglo XX. Unos podrán decir que son tiempos superados, pero los sucesos recientes dan cuenta que la mantención del “orden público”  sigue siendo la excusa sempiterna para acabar con todo atisbo de cuestionamiento a lo establecido.

No obstante, tenían razón. Las caras de los obreros y sus familias, las voces de la cantata hoy están más vivas que nunca en las generaciones de dirigent@s y trabajador@s que perseveran por la validación de los derechos laborales y una vida más digna. La Confusam los recuerda y los honra como ejemplo e inspiración.